Desencanto
Mi príncipe soñado,
el que palpité de lejos,
se hundió en el fango
disolvió la sed de dicha.
Es que era un hombre,
tan sólo un hombre,
inexistente,
tallado por el afán de mi locura.
Hasta su nombre
perdió ilusión en mi boca;
y el sinsentido fue buscarlo
y no dejar que surja
como el sol, como la tarde,
en la realidad misma.
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